Alguien intenta sostener copas de hierro macizo, con manos de humo,
y gritos sordos que rebotan en las paredes de una fiesta que no me invita.
donde cada grano es una piedra que me golpea la nuca.
Mis objetivos son peces de sombra en un pozo de aceite.
Están ahí, brillando con una luz que insulta mi cansancio,
pero mis dedos se deshacen antes de rozar su escama fría.
Cambiar de lugar es solo cambiar de celda:
del rojo que quema al azul que congela,
mientras el alma, esa máscara rota,
se agrieta bajo el peso de un cielo que no cae.
Es el baile del náufrago en una isla de terciopelo,
rodeado de lujos que son solo fantasmas de cal,
masticando el eco de una risa que se olvidó de mi garganta.
Aquí me quedo, en el centro del nudo,
viendo cómo el universo se celebra a sí mismo
mientras yo soy solo el escombro del deseo.
¡Más, nunca es tarde, para descansar en el olvido!