Tu boca se abre como un secreto,
labios semirojos, carne de flora,
y en su curva late el amuleto
que al deseo convoca y enamora.
Son pétalos vivos, carne de rosa,
fragancia que al alma embriaga,
y cada palabra, suave y hermosa,
es un susurro que al corazón halaga.
En tu sonrisa arde la ternura,
un fuego lento, un vino sagrado,
y mi voz se rinde a la dulzura
de ese jardín por tu boca guardado.
Tus labios, frontera de lo prohibido,
me tientan como un fruto divino,
y en su roce hallo el Edén perdido,
la eternidad de un solo destino.
Annabeth Aparicio de León
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