En la quietud del alba,
cuando el mundo aún no despierta,
surge un eco vacío
de arrogancia y pretensión,
como un espejo cansado
que ya no cree en su reflejo,
como un tiempo que se apura
por marcar su propio destino,
y en su prisa
olvida el pulso sereno de lo eterno.
Porque el tiempo
solo es una invención,
y lo eterno, quizá,
apenas un susurro que nos inventa.
Si no fuera porque somos
testigos de la vida,
y al mirarla de frente
descubrimos que también nos observa,
tristes conclusiones
se desnudarían,
y en su frío revelarse
nos dejarían sin refugio ni consuelo.
¿Qué somos?
¿Un tropiezo para el universo,
o apenas un destello fugaz
que el universo se permite soñar?
¿Somos los testigos
de su solitario andar,
o la breve conciencia
con la que intenta comprenderse?
¿De dónde venimos?
¿Es él realmente nuestro creador,
o somos la duda que lo habita,
preguntándose a sí mismo en silencio?
Si nos necesita
para dejar testimonio,
¿qué ganamos?
Tal vez nada…
salvo el instante
de sabernos parte de su misterio.
¿Sólo de nosotros es testigo,
o hay más vida en la inmensidad?
Quizá no estamos solos,
y otras miradas
también lo sueñan en la oscuridad.
En esa oscuridad
que no nos deja ver la verdad,
pero que al tocarnos
revela la luz que insiste
en nacer desde dentro.
Porque al nacer
haremos siempre la misma pregunta:
¿estamos solos?
Y en cada respuesta incompleta
aprenderemos
a no temer al silencio.
El silencio,
arrogante, cruel,
nos impide ver,
que incluso en su dureza
guarda las respuestas
que aún no sabemos escuchar.
Andrés Romo
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