Ruego por clemencia
a un Dios que desconozco,
confieso mis pecados
como si al nombrarlos
pudiera soltarlos.
Cansada de este mundo,
tan cruel y tan machista,
que pesa más el ego
que el valor de una vida.
Camino entre miradas
que juzgan sin motivo,
que dictan lo que valgo
sin haberme conocido.
Cargo con el ruido
de voces que lastiman,
que intentan reducirme
a un molde que no es mío.
Pero algo en mí resiste,
se niega a ser ceniza,
aunque rece en silencio
a un Dios que no me mira.
Y sigo, aun quebrada,
con fe o con su ausencia,
aprendiendo a salvarme
sin pedir más clemencia.