Me preguntó: “¿qué haces?”
y yo, con la voz tibia, respondí cualquier cosa,
mientras el silencio ya sabía la verdad.
El café, testigo fiel,
se me enfrió entre los dedos,
como se enfrían las promesas
cuando no llegan.
No dije que llevaba horas,
ni que mis ojos ya aprendían a rendirse
mirando la puerta
como quien mira un milagro que no ocurre.
Entonces dude
si fui yo quien perdió el tiempo
o si el tiempo, cansado de esperarla,
decidió no tener piedad conmigo.
La culpa, cobarde,
la lancé al reloj,
para no pronunciar su nombre
ni enfrentar el mío.
Quizás ella no vino,
quizás yo no supe irme a tiempo,
quizás el amor también se atrasa
y uno es quien llega temprano al final.
“Se acabó el tiempo, tenemos que cerrar”
dijeron,
y entendí que no hablaban del café…
sino de lo que aún me quedaba esperando.