Las olas apenas los balancean
y buscan lectores beta
en el océano inédito. Los ahogados
les sugieren la profundidad
que los asfixia y los arrastra
al submarinismo. Los volátiles
apuntan hacia la ruta sencilla,
frases prosaicas y cortas
que se pierden en los confines del aire.
Surcan las turbulentas aguas
de la autoedición, chocan sus remos
con millones de navegantes sin miedo
a lo desconocido. Al fin y al cabo,
lo desconocido es su fuente, su medio
y su carne, y nadie puede sentir miedo
de sí mismo. Cuando son azotados
por las tempestades de la soledad
y se quedan sin fuerzas, envían mensajes
de auxilio que son más leídos
que su propia obra. O se pierden heridos,
sin usar ni el código morse, en islas desiertas
donde mueren de invisibilización. Hay teorías
que van más allá de lo fisiológico
y se adentran en mares fantásticos:
Dicen que navegan por estrellas escoltados
por alienígenas. Que cambian de seudónimos
y se convierten en cardumen de sirenas.
Que son capturados por espiar costas
ajenas a sus creencias. Los arqueólogos
del olvido entrevistan a los nativos
preguntando por restos de prosa o verso...
Antes de los satélites, era común
que los navegantes desaparecieran
y no se les volviera a ver; ahora,
que es común cargar una antena,
solo deseamos aparecer y sin poder desaparecer.