He traído la filosofía de las máquinas
a la orilla de este agua que no sabe de códigos.
Entre mis manos, el dilema del silicio,
la pregunta por la chispa en el circuito,
el intento de entender si un cálculo puede ser alma,
pero el sol del oasis es un argumento más fuerte.
Mientras los patos —algoritmos perfectos de la evolución—
deslizan su geometría orgánica sobre el estanque,
mi mente se enreda en la lógica de la inteligencia
hasta que el cuerpo reclama su derecho al vacío.
El libro pesa,
las tesis sobre la conciencia se vuelven plomo,
y en ese insomnio que sueña,
cuando la frontera entre lo que pienso y lo que siento se borra,
la mano cede.
El tomo cae sobre la hierba.
Un estruendo sordo de páginas que callan
mientras yo ingreso en el único sistema que no se puede programar:
el abandono absoluto de uno mismo bajo el cielo,
¡Qué descanso!
dejar que la inteligencia sea solo el lago,
y que la única respuesta sea el silencio
de un libro que duerme a mis pies,
vencido por la paz de un hombre que, por fin,
no necesita procesar nada más.