Madre, hoy me siento frente a ti para hablarte con claridad. Tengo ochenta años de razones para decirte gracias, por haberme traído al mundo y por darme la vida.
Te miro y veo el reflejo de una mujer que siempre estuvo, entregada a sus hijos con una ternura que nunca se agota, tu canción siempre la escucho.
Tu trabajo no fue fácil y yo lo reconozco en este momento. Caminaste mucho, diste pasos firmes para darnos seguridad.
Me enseñaste que las cosas se consiguen con constancia, mirando de frente y respetando siempre a los demás.
A tus ochenta años, tu sabiduría es mi guía de todos los días. Me enseñaste a valorar lo sencillo: el café, el respeto, la familia.
Tus palabras son lecciones, que se quedan grabadas en mi memoria, porque no hablas por hablar, sino por la experiencia vivida; de quien ha sabido enfrentar la experiencia con mucha valentía.
Te quiero mucho, madre, y quiero que lo escuches de mi voz. Gracias por tu paciencia, por tu compañía y por tu ejemplo.
Este diálogo es para decirte que tu vida ha sido provechosa, y que todo lo que soy te lo debo a ti y a tus enseñanzas. Eres el pilar de mi existencia y te agradezco por estar aquí...
RIVAS JOSE
Barinas Venezuela
04-05-2026