Buenas noches,
bella luna;
y benditas
sean las estrellas
que te acompañan
cada noche,
cada día,
en cada momento.
Hoy vengo
a ti porque
hay algo que me aqueja:
el sol,
su calor
y todo aquello
que parece tener
conciencia de vida
se han cansado
de mí.
Yo no de ellos,
claro.
¿Cómo hacerles
eso?
Aquello
de lo que alguna
vez tuve gozo —
las aves,
los peces,
el mar,
un ocaso—
parece hoy
no quererme;
pero yo no los
odio.
¿Cómo odiarlos?
Yo aún los amo.
¿Y acaso
no es eso el
placer de la vida?
Puedo verlos,
¿y acaso no es
eso lo que quiere
la vida?
Un corazón
que late,
late y late;
un alma dispuesta
a sentir
y una mente
que esté dispuesta
a usar su conciencia.
Algunas partes del
planeta
ahora se tiñen
de rojo,
y las colinas
parecen
querer callarme.
¿Y acaso
no puedo cantarles?