Jesus Armando Contreras.

El viaje que nunca terminó

No fue la selva.
Ni el río.
Ni el barro.

Fue ese crujido.

Siguieron.

No por valentía.
Por inercia.

—Ya pasó.
—Olvídalo.
—Estamos vivos.

Él asentía.

Palabras como cuerdas
lanzadas a un pozo sin fondo.

De pronto,
el estallido.

Sin gritos.

Algo quedó en el barro.

Bajo los árboles,
el hombre
quedó.

Lo que volvió a ponerse en pie
tenía sus manos,
su ropa rota.

Pero los ojos…

dos huecos
por donde se iba el mundo.

Llegaron a un lugar “seguro”.

Se miraron.

Como quien intenta recordar
cómo era antes.

Nadie dijo nada.

El silencio
hizo su trabajo.

Esa noche,
él no durmió.

Se fue.

No por falta de amor.

Se fue porque quedarse
era volver a ese instante.

A lo que ellos vieron.

Ellos quedaron.

Abrazos sin cuerpo.

Un nombre
que nadie dice.

Hijos
sin palabras para nombrarlo.

Hay viajes
que no terminan al cruzar.

 

Jesús Armando Contreras