Alberto Escobar

Sentado

 

 

Esa inabarcable línea 
azul. 

—Ángel Antonio Herrera. 

 

Sentado, casi solo,
arena tibia, recién
aplastada por apisonadoras
del Servicio de limpieza 
del ayuntamiento, casi
conmigo mismo, el sol nace,
va naciendo despacio, sombras
que ya va proyectando, leves,
una farola se va a dormir,
la mar quieta, casi, un oleaje
que aún no es —debe de haber,
no sé dónde, mar de fondo—, y 
yo, sin motivo ni razón aparentes,
me veo aquí, sobre esta porción
seca de playa, de arena de duna,
ausente de sueño, noche en blanco,
una barahunda de pensamientos
toda la noche, sin pausa ni tregua,
asediando un cráneo casi ya roto.
Sentado, sigo, y cierta sensación
de frío se instala en la piel, y miro
más profundo, con más atención
la cercana inmensidad de una masa
de agua serena —no como yo—, 
y hace que me escucha como el cura
de mi parroquia, que a diario ejerce
una paciencia que no me explico tras 
de una celosía vieja, escuchando vivo,
interesado, historias que ni le van ni
le vienen, y recetando las mismas
grajeas, los mismos placebos, iguales
imposturas que cuando la Iglesia era
dueña y señora del orbe, mentiras.
Sentado, tiritando de frío ya, el sol
que no se decide a abrazarme, soñoliento,
roto por dentro, deshauciado de un piso
recién alquilado, sin un duro en el bolsillo...