Bajo la luz de una tormenta de verano, en pleno agosto, se extienden campos de siembra intactos;
y, bajo el peso de un sol abrasador, se busca refugio en cualquier sombra que sirva de guía para avanzar.
Luego, al llegar la noche, bajo un cielo limpio y una luna encendida, la ciudad ya no parece la misma:
sus arterias, llenas de vida y, aun así, vacías, parecen anhelar otra tormenta de agosto que reavive su esencia.
Como si en su centro una luz inesperada ampliara los sentidos,
y, en silencio, como si de abrigo y guía se tratara,
como todo lo que insiste en no rendirse:
es un faro encendido que nunca se apaga.