Luis Barreda Morán

Lágrima

Lágrima

Lágrima, viajera silenciosa,
cristal diminuto de lo que no se nombra:
naces sin permiso en la frontera del alma
y te deslizas, lenta, como si supieras el camino de memoria.

Te formas en lo invisible,
en ese rincón donde habitan los pensamientos que no digo,
donde se acumulan los abrazos que faltaron
y las palabras que murieron antes de nacer.

A veces eres fuego disfrazado de agua:
ardes mientras caes,
y en tu paso dibujas cicatrices transparentes
que solo el corazón sabe leer.

Otras veces eres alivio,
una tregua breve en medio del caos,
un suspiro líquido que limpia los rincones
donde el dolor se aferra como sombra.

Lágrima, compañera fiel de mis noches,
testigo de silencios interminables:
has contado mis derrotas en secreto
y también mis victorias más profundas.

Porque sí, también brotas en la alegría,
cuando la felicidad se vuelve demasiado grande
y no cabe en el corazón,
cuando el alma rebosa y necesita derramarse.

Eres puente entre lo que siento y lo que muestro,
lenguaje sin palabras,
verdad que no sabe mentir.

Caes como lluvia suave sobre mis mejillas,
y en tu rastro queda escrita mi historia:
un río de sal que nace en lo más hondo
y desemboca en la piel del mundo.

A veces te escondes, caprichosa,
cuando más necesito tu consuelo;
y otras irrumpes sin aviso
rompiendo la calma que fingía tener.

Pero siempre estás,
latente, paciente, inevitable,
recordándome que sentir es existir
y que incluso el dolor tiene su forma de belleza.

Lágrima,
no eres debilidad:
eres la prueba viva
de que el alma respira.

Y mientras haya vida en mis latidos,
mientras haya memoria en mis recuerdos,
seguirás naciendo en mis ojos
como estrellas líquidas
que caen para enseñarme
que aún soy humano.

—Luis Barreda/LAB
Norfolk, Nebraska, EUA 
Diciembre, 2022.