Me preguntó
cuál es mi físico perfecto,
y yo no hablé de medidas
ni de moldes repetidos.
Hablé de ella.
De esa que borra la rutina de mi boca
y le dibuja una sonrisa sin permiso,
de la que no se esconde
tras el peso del maquillaje
ni el ruido frío de las joyas.
Esa locura leve
que la vuelve distinta,
esa dulzura con filo agrio
que me enseña a amar
lo raro, lo vivo,
lo que no encaja en lo común.
Porque no existe lo perfecto
cuando su curva más exacta
es la risa que desarma el mundo.
Y entonces entendí
que nuestros gustos
no eran más que excusas
para nombrar lo que sentimos:
la risa,
el amor,
y la incertidumbre hermosa
de no saber cómo empieza el día
hasta verla.
Porque no hay nada más perfecto
que lo imperfecto
cuando la vida,
al tocarla,
decide volverse poesía.