Hay tres ventanas abiertas.
Abiertas al infinito.
Tras de sus vidrios, seis ojos,
que mirando al más allá
ven a un perro aullando a gritos
junto al cadáver de un hombre
mitad tierra, y mitad mar.
¿Y la pócima?
¿Dónde has dejado el veneno?
Sírveme una copa grande
de esa botella del centro
y prepárame una sopa
con la cicuta del huerto.
Que tengo ya aparejada
la mesa para el almuerzo.
Quiero ver las amapolas
en el jardín de los cielos.
Quiero cortar las estrellas
con sus pétalos inmensos.
Y ansío, de Santa Eulalia,
que mi sendero me marque
con la sangre de sus pechos.
Me haré ceñir un cilicio
oprimiéndome el cerebro
para purgar los sudores
de estos pecados que tengo,
Pecados inconfesables
de pensamientos obscenos
qué encadenado me tienen
al principio de los tiempos.
¡Y cierra esas tres ventanas!
Que se están quedando ciegos
estos ojos que contemplan
el duelo de un pobre perro.
Qué oscuridad tan brillante
de un más allá sin regreso.
Qué falso mundo ficticio
donde nada es verdadero.