Sobre el mármol reluciente, espejo de un deseo mudo,
descansa la nube blanca, el nácar de porcelana pura,
una bañera clásica bajo el cielo puro y desnudo
un refugio de espuma donde el tiempo se detiene y cura.
El pedestal de bronce y garras que al suelo reactiva,
guardianes desafiantes de una quietud sagrada,
belleza que intimida con su fuerza inofensiva,
mientras la estancia respira, por el vaho acariciada.
De la blancura emergen, como un secreto revelado,
unas negras piernas, firmes, de anatomía perfecta,
nervadas de vida, un mapa de ébano labrado,
y unos pies cuyo encanto es invitación directa.
Un brazo de seda oscura sostiene el cristal fino,
la copa de champán donde el oro burbujea,
mientras yo, de rodillas, sujeto al destino,
recojo una toalla mientras mi pulso flaquea.
El cuerpo de ébano, destellos cobrizos bajo el agua,
delicada la piel, contraste que estremece el alma,
el eco del abrazo, placer hormonal latente, una fragua,
el sentido, equivocado, desequilibrado, reclama.
No lograba imaginar que en esa danza de espuma,
su mirada de grandes ojos, me estuviera esperando,
con la sensualidad que el vapor apenas esfuma,
y el eco de aquel beso que aún me sigue quemando.
Arrodillado aún, ante el mármol y la obsidiana pulida,
frente a la belleza absoluta, en una imagen soberana,
donde el deseo antiguo de nuevo me revalida,
bajo la luz blanca de esta, una tarde freudiana.
¡Esa tarde, mi partida de ajedrez, catarsis de fichas blancas!