Te amo de esa forma callada
con la que aman los hombres
cuando ya no quedan palabras,
cuando el sentimiento pesa tanto
que se vuelve nudo en la garganta
y aun así se guarda silencio
para no incomodarte.
Te amo en lo simple,
en la rutina de imaginarte conmigo,
en el café servido para dos
aunque una taza siempre termine intacta,
en la idea necia de un hogar compartido,
de despertar a tu lado
y descubrir que el mundo cabe completo
en la curva tranquila de tu espalda.
Te he amado en cada intento,
en cada detalle pequeño
que he dejado frente a ti
como quien pone flores
a la entrada de un templo
esperando que algún milagro ocurra.
Te he amado con esa terquedad
que solo conoce quien entrega el alma
aunque sepa, desde el principio,
que está luchando contra un fantasma.
Porque mientras yo te soñaba conmigo,
mientras construía futuros
con tus risas y mis ganas,
había otro nombre viviendo en tu pecho,
otro recuerdo ocupando el espacio
que yo quise llenar con todo lo que soy.
Y duele.
Duele mirarte sonreír
y saber que esa sonrisa
nunca nació por mí.
Duele abrazarte
y sentir que entre nosotros
siempre existe una distancia invisible,
como un muro hecho
de memorias ajenas,
de besos que no fueron míos,
de promesas que le pertenecen a otro.
Yo quise ser hogar
para tus inviernos.
Quise ser refugio
cuando la nostalgia te quebrara.
Quise ser el hombre
que te hiciera olvidar heridas,
el que con paciencia y ternura
te enseñara que el amor también puede quedarse.
Pero hay batallas
que se pierden antes de comenzar.
Porque uno no compite
contra alguien que está ausente
pero vive intacto
en el corazón de quien ama.
Y he tratado, créeme.
He puesto de mí
más de lo que sabía dar.
He aprendido tus silencios,
he descifrado tus tristezas,
he querido curarte
con la torpeza noble
de quien ama de verdad.
Pero por más que me acerco,
sigues mirando hacia otro lado.
Por más que te entrego mis días,
sigues esperando otras manos.
Por más que te nombro en mis sueños,
tu corazón sigue respondiendo
a un eco que no soy yo.
Y entonces me pregunto
qué le digo a este amor terco
que insiste en pronunciar tu nombre
como si al hacerlo
pudiera cambiar el destino.
Cómo le explico a mi pecho
que no basta amar con el alma
cuando el alma del otro
ya tiene dueño.
Cómo convenzo a mis noches
de dejar de imaginarte dormida a mi lado,
si hasta en mis sueños
te sigo viendo marcharte.
A veces quisiera odiarte
solo para arrancarte de mí,
pero el amor verdadero
no sabe vestirse de rencor.
Por eso solo me queda
mirarte con esta tristeza limpia,
con este cariño inmenso
que aun roto
sigue deseándote paz.
Si algún día entiendes
cuánto te amé,
quiero que sepas
que no hubo mentira en mis manos
ni egoísmo en mis abrazos.
Todo lo que te di
fue real.
Cada palabra,
cada desvelo,
cada esperanza absurda
de que un día me miraras
como yo te miraba.
Quizá en otra vida,
en otro tiempo,
cuando tu corazón no estuviera ocupado
y el mío no llegara tan tarde,
habríamos sido historia.
Habríamos sido casa,
risa, complicidad,
un amor de esos
que envejecen juntos
sin miedo al calendario.
Pero en esta vida
me tocó quererte así:
desde la orilla,
viendo cómo tus ojos
buscan a alguien más.
Y aunque me duela aceptarlo,
amar también significa
dejar ir aquello
que jamás nos perteneció.
Así que me quedaré
con lo bonito de haberte sentido,
con la certeza
de que fui capaz
de amarte con todo.
Y cuando la noche pregunte por ti,
cuando el silencio quiera nombrarte,
le diré a mi corazón
que no te olvide por despecho,
sino por dignidad.
Porque aunque te ame
como nunca he amado a nadie,
merezco un amor
que me mire de frente
y me elija
sin estar pensando en otro.