Carlos Rojas Sifuentes

Ciega

Una calle ciega, pero
no una que no ve
ni acaba en ningún lugar, sino
la que no quiere ver,
esa que mira a otro lado
cuando la llaman.
Entonces, ciega no es, no,
ni muda ni ajena
a todos los sentidos
que toman las calles
de esta ciudad llena de ruidos.
Una calle que acordó
con sus luces no ver más
lo que pasa en sus veredas,
aquello que discurre por su pista,
lo que entra y sale en sus puertas,
nada que no se pueda ver
en una noche sin luna, dura,
más allá o a la vuelta,
donde las calles son abiertas,
cuentan historias, se divierten,
reúnen a los amigos, pero también
traicionan, si les das tiempo.
Donde se acoge al extraviado
y se muestra al perdido
el camino de salida, más allá,
no el de regreso a casa,
que para eso hay policías, esos no,
los que golpean, te roban y te matan,
sino, los de a de veras.
Calle, no me mires, es mejor no verte,
o que no me veas mirándote,
si acaso llevo prisa por llegar
o voy de esquina a esquina,
eperando un encuentro casual.
Se que no me traicionarás calle,
porque ya has perdido el interés
de vernos ahí, buscando tus sombras,
y en tu largueza te muestras
con la discreción de una baldosa.
Y si lo haces, será porque es parte
de la naturaleza rastrera
de todas las calles de la ciudad.
Déjame entonces calle que me hunda
en tu suelo, como en la tierra húmeda,
como lo hacen el sol y la lluvia,
como lo hacen los sueños rotos,
los recuerdos perdidos, que ruedan
sin rumbo y sin olvido ajeno.
Y tu ni vas a mirar cuando yo me vaya,
si ni siquiera tienes nombre de calle.
y a tu paso, pronto te olvidan
las ruedas, los pies y los perros.
Tomar mañana la calle paralela,
inexplicablemente: Mateo 6, el de la oración,
será quizás una buena medida de peatón.
Si la calle es ciega y la ciudad la absorbe,
tal vez ya no quepa seguir hablando de ella,
y de ella, la que alguna vez dejó su huella.
Nada más he de decir acerca de ello. Nada
es un buen nombre para una calle vacía.