Los días se suceden como páginas en blanco de un libro que no quiero leer,
una repetición monótona donde el sol y la luna han perdido su diferencia.
Se me olvidan los exámenes, esos nombres y cifras que antes parecían urgentes,
ahora son solo ecos lejanos que no logran atravesar el muro de mi apatía.
Falto a las clases virtuales porque mi mente ya no habita en la pantalla,
prefiero el refugio del sueño, ese único lugar donde el cansancio me da tregua.
Llego a casa con la energía agotada, como si hubiera cargado piedras todo el día,
y me dejo caer en el silencio, esperando que la oscuridad borre las culpas.
Pero hoy, el mundo se detuvo de golpe en el metal frío del Metropolitano,
el motor se rindió en la vía y el tiempo se quedó estancado entre los muros.
Fui la última en bajar, caminando por un pasillo que se sentía eterno y ajeno,
hasta que mis ojos se cruzaron con los del conductor, atrapado en su propia crisis.
Él no gritaba, pero su frustración vibraba en el aire como una cuerda a punto de romperse,
tenía los ojos vidriosos, cargados de una fatiga que parecía no tener nombre.
En ese instante me sentí insignificante, una nota baja en una sinfonía de desastres,
pensando que mi tristeza era un lujo comparada con el peso que él sostenía.
Me vi diminuta, como si mi dolor no tuviera derecho a existir frente a su tormento,
como si mis pequeñas grietas no fueran nada ante el terremoto que él vivía.
Sin embargo, en ese vagón vacío comprendí que la tristeza no tiene escalas,
que nos hundimos de formas distintas pero en el mismo océano de incertidumbre.
Él quería llorar por su ruta perdida y yo por haber perdido el sentido de mis días,
y aunque me sentí pequeña, el peso del aire era el mismo para los dos.
Ahora sigo aquí, dejando que las horas pasen mientras el mundo sigue su marcha,
intentando descifrar si este cansancio es el fin o solo una parada necesaria.