Hay algo en ti que no se explica…
se siente, se hunde, se queda.
Como un antojo que no se calma,
como un fuego que no se apaga.
Tu cuerpo no pide permiso,
se impone suave… pero firme,
y yo me pierdo en cada curva
como quien encuentra su lugar en el mundo.
No hay prisa cuando te miro,
porque recorrerte es un arte,
es dejar que el deseo crezca lento
hasta que ya no quepa en el pecho.
Me fascina cómo existes,
cómo llenas cada espacio con tu presencia,
cómo tu piel parece guardar secretos
que solo se revelan cuando me acerco.
Y es ahí…
cuando la distancia se rompe,
cuando tu respiración cambia,
que todo en mí despierta.
No es solo atracción,
es una necesidad que me empuja hacia ti,
una corriente que me arrastra
y no quiero detener.
Contigo el tiempo no corre…
arde.
Se vuelve denso, se vuelve intenso,
como si cada instante tuviera más peso.
Me provocas sin decir nada,
con solo mirarme así,
con esa forma tuya de existir
que desarma cualquier intento de control.
Y entonces entiendo…
que no es solo el deseo de tenerte cerca,
es el hambre de sentirte,
de perderme en ti sin medida.
Porque contigo no hay medias tintas,
no hay dudas, no hay reservas,
solo esa conexión cruda y real
que lo dice todo sin palabras.
Y en ese universo que creamos,
donde el mundo deja de importar,
sé que no hay nada más cierto
que este fuego que nace entre los dos.
Tú…
con tu cuerpo perfecto en su verdad,
con tu forma de encenderme sin esfuerzo,
te vuelves todo lo que quiero…
y todo lo que no puedo dejar de desear.