JUSTO ALDÚ

NO PERTENEZCO A ESTE SIGLO

 

No pertenezco a este siglo.

Me lo dijo el polvo cuando aprendió a escribir mi nombre en las mesas vacías,

cuando las sillas comenzaron a mirarme con la tristeza de los ahorcados.

 

Camino entre relojes que mastican su propia lengua de metal,

y el tiempo -ese perro sin dueño- me olfatea con desconfianza,

como si yo fuera un error en su genealogía de minutos.

 

Mi sombra no coincide conmigo.

A veces llega antes,

otras se queda atrás,

como si supiera caminos que mi carne ha olvidado.

 

He visto el cielo abrirse como un libro prohibido

y de sus páginas caer ciudades que no tuvieron infancia,

solo ruinas recién nacidas.

 

Las voces modernas me atraviesan

como trenes que no detienen su velocidad ni para la muerte,

y yo, detenido en una estación sin nombre,

aprendo a respirar en otra frecuencia del mundo.

 

No pertenezco a este siglo:

mis pensamientos todavía usan túnica,

y mis dudas rezan en latín dentro de un templo sin dioses.

 

A veces intento encajar en la geometría del presente,

pero las esquinas se rompen cuando las toco,

como si la realidad fuera un vidrio mal recordado.

 

He amado sombras que no proyecta ninguna lámpara

y he conversado con espejos que olvidaron mi rostro

en algún siglo que aún no ha sido inventado.

 

Me llaman anacrónico,

pero no saben que el futuro me expulsó primero

por exceso de memoria.

 

Y sigo aquí,

con un pie en la ceniza del ayer

y otro en la lluvia que todavía no cae,

esperando que el mundo decida

si soy fantasma

o profeta sin época.

 

JUSTO ALDÚ © Derechos reservados 2026