Una coraza, o al menos
una tela orgánica abrazante,
que me limita, administra
mi crecimiento, lento, y reparte
con misterio, a veces con magia,
ese paso a paso hasta la muerte,
ese crecer lento, como una serie
de esas de Netflix anuncia sucesos,
anuncia lo que viene, siendo eso
lo que espera el teleoyente, incita
graciosamente la atención, píldoras
de placebo que el que se para delante,
ya casi insensible, toma recetado,
por prescripción médica, sin pensar
en la consecuencia de lo que ingiere;
y paso a paso descubro descubrires
que me animan a seguir descubriendo,
como José Arcadio Buendía respecto
de los gitanos que llegaban a Macondo.
Ahí está la gracia, la sabiduría inefable
de la Naturaleza, el cómo sabe conservar
el interés de mí —mi interés, ya mi amor—
por seguir hollando esta senda de disfrute,
ese descubrimiento me no me resulta caro,
no, lo siguiente, carísimo, preciosísimo,
adictivo, vellopúntico, sonrisoaperturista.
Una coraza decido muy flexible
—me estoy acordando ahora de Juanjo
en su libro —lo que sé de los hombrecillos—
describiendo el carácter orgánico de la ropa
interior de la abeja reina, con la que hizo
el amor como nunca antes, como una suerte
de segunda piel que solo tenía que apartar
a la izquierda para poder coitar y ver el cielo—,
que me protege, que me administra el goce,
que se me adapta y avanza orgánica, natural,
al ritmo de un pulso ilocalizable en su manar,
en su nacer, y que me es corazón alegre,
corazón regante, alimentante, sin percatarme
nunca de su presencia, de su buen hacer...