Hoy no te escribiré cualquier poema.
Escribiré uno justo,
uno exacto:
uno que lleve tu nombre y apellido
incluso aquel ápodo que,
como me confiaste,
tu tía te dio
cuando no eras más que un niño.
Será un poema
con las medidas de tus brazos
y de tus piernas,
con el color de tus ojos
y la delicadeza de tu piel canela.
Te escribiré un poema
repleto de ternura,
calidez y pureza;
uno compuesto de ventanales y puertas
y así no te encierres
entre tanta tristeza.
Hoy te escribo este poema
para dejarte en la calma
de una dulce noche estrellada:
donde los versos te arropen
como sábanas tibias,
te arrullen en silencio
y te alejen de toda agonía;
mientras su rima te mime,
te bese lento
y sin prisa;
que la métrica te sostenga la mano,
camine a tu lado
—como hoy no puedo hacerlo—
y te brinde entereza
por si tu corazón
se ha quedado sin fuerzas.
Créeme que ya no importa la distancia
ni el silencio desalmado,
sólo importa la certeza
de que tu recuerdo
sigue intacto.
No te preocupes
no pienses que me debes algo:
sólo escribo este poema
como quien deja flores en la puerta
y se marcha,
sin esperar nada a cambio.
Yo sé,
tal vez de lo nuestro
tú te has olvidado.
Yo sé,
tal vez para ti
he quedado en el pasado
pero sólo basta con que existas:
te sigo amando.