Dicen que la vida es un siete,
que con eso ya está bien.
Y no está mal.
No es caer.
No es perder.
Es ese punto cómodo
donde nada duele demasiado
y nada importa lo suficiente.
Un siete es vivir sin molestar.
Sin arriesgar.
Sin salirte.
Y ahí es cuando empieza a apretar.
Porque no es que no esté bien,
es que es poco.
Poco para lo que se calla.
Poco para lo que podría ser
si no se frenara.
Poco para todo eso
que empuja por dentro
y no sabe quedarse a medias.
El siete pesa.
No por lo que es,
sino por lo que tapa.
Porque detrás de ese “está bien”
se esconde un “no te atrevas”.
Y ahí es donde se rompe,
donde se rompe de verdad.
No cuando todo cede.
No cuando todo estalla.
Sino cuando, pudiendo ser más,
uno acepta quedarse en lo justo
para no tener que serlo.