Melody E.

El peso de abrirse

A veces escribo tu nombre en el aire
como quien prueba si aún existe
aunque nadie responda.

Salgo con las manos abiertas,
llenas de intención,
de ganas de quedarme en algún lugar,
pero las puertas no se cierran,
ni se abren,
solo quedan entreabiertas
como si dudaran de mí.

Camino entre risas que no son mías,
entre conversaciones donde entro
como una nota fuera de ritmo,
y sonrío,
porque no sé qué más hacer
cuando el silencio pesa tanto.

Aprendí a ser refugio,
a escuchar antes de ser escuchada,
a sostener sin pedir sostén,
como si querer demasiado
fuera la única forma de quedarme.

Pero luego vuelvo,
con palabras que tal vez dije de más,
con el pecho expuesto
y la sensación de haber sido
demasiado pronto,
demasiado abierta,
demasiado yo.

Y en ese “demasiado”
me hago pequeña.

Pero hay algo que aún no se rompe:
una parte de mí que sigue creyendo
que algún día
no tendré que explicar mi forma de sentir,
ni medir mis palabras,
ni esconder mi profundidad.

Que alguien
no solo se quedará,
sino que también abrirá sus manos
y dirá sin miedo:
“aquí cabes,
así, tal como eres.”