La sal se cuela lenta por las paredes,
pintura vieja que aprendió a ceder.
Un perro duerme junto a la vereda,
su sueño huele a pan y a amanecer.
Aquí la calma no nació del tiempo,
sino del mar que sabe lo que oculta.
Las gaviotas dibujan círculos fríos,
caen sobre un muelle que cruje al respirar.
Los barcos, quietos, fingen que no esperan,
pero su sombra apunta hacia alta mar.
En cada ola escucho la lección muda
que no me dieron voces de mercado.
A veces creo que nací viajando:
mi casa fue un puerto sin dirección,
con calles largas como un pensamiento
que vuelve y vuelve sobre el mismo sol.
La soledad aquí tiene la forma
de un muelle viejo que abraza la marea.
La llevo a cuestas como un perro fiel,
sabe dormir al pie de mi rincón.
No me persigue, pero se adelanta
a cada puerta que cierra el corazón.
No es enemiga: abre su costa gris
para que en ella yo me reconozca.