Estudiaba para ángel.
Repartía semillas de comprensión y cariño.
Trataba a todos con la suavidad del algodón
y la humedad de la nube.
Curaba con sonrisas.
Pero por dentro, …
Su propia humanidad le dolía.
Siempre andaba herido,
con cortes, moratones, quemaduras.
Era su vida un estropajo empapado en vinagre,
con olor continuo a sed y hambre.
Sus bellísimas plumas
de hierro fundido con mercurio,
pesaban más que el aire.
Cualquier intento de vuelo
le aplastaba contra el suelo.
Dejó los estudios.
Colgó las alas.
Los muñones que quedaron en su espalda,
escupían plomo con forma de espina,
con odio de bala.
Empezó una guerra,
sin armas.
Quería matar a la sed,
enterrar al hambre.
Él perdió todas la batallas
y su cuerpo la vida.
Amaneció el sólo
en la soledad de un solar.
Tirado como basura.
Amontonado como escombro.
Un duelo de piedras y cardos
acompañaban su muerte.
No lo quiso el fuego,
se negó a su cuerpo.
De la tumba le desterró
la propia tierra.
Sumergido en el ácido, jamás llorado,
de sus propias lágrimas,
se fue disolviendo
sin dejar ni rastro
de su propio naufragio.
Para siempre quedó en el aire
su olor a sed,
su olor a hambre.