José Bayón Garcinuño

Ángel entre brea

Estudiaba para ángel.

Repartía semillas de comprensión y cariño.

Trataba a todos con la  suavidad del algodón

y la humedad de la nube.

Curaba con sonrisas.

 

Pero por dentro, …

Su propia humanidad le dolía.

Siempre andaba herido,

con cortes, moratones, quemaduras.

Era su vida un estropajo empapado en vinagre,

con olor continuo a sed y hambre.

 

Sus bellísimas plumas

de hierro fundido con mercurio, 

pesaban más que el aire.

Cualquier intento de vuelo

le aplastaba contra el suelo.

 

Dejó los estudios.

Colgó las alas.

Los muñones que quedaron en su espalda,

escupían plomo con forma de espina,

con odio de bala.

 

Empezó una guerra, 

sin armas.

Quería matar a la sed,

enterrar al hambre.

Él perdió todas la batallas

y su cuerpo la vida.

 

Amaneció el sólo

en la soledad de un solar.

Tirado como basura.

Amontonado como escombro.

Un duelo de piedras y cardos

acompañaban su muerte.

 

No lo quiso el fuego,

se negó a su cuerpo.

De la tumba le desterró

la propia tierra.

Sumergido en el ácido, jamás llorado,

de sus propias lágrimas,

se fue disolviendo

sin dejar ni rastro

de su propio naufragio.

 

Para siempre quedó en el aire

su olor a sed,

su olor a hambre.