José Luis Barrientos León

Romance del papalote y el viento agrio

 

 

Tenía el niño en el mirar un bosque de espejos verdes,

donde la loca fantasía galopaba sin jinetes.

 

Quiso ser pájaro de caña, papalote de alta fiebre,

que escala nudos de nube donde el trueno se adormece.

 

¡Oh, qué niño de amapola!

¡Qué viento de esperanza fuerte!

Sube, sube por el aire,

mientras el mundo lo muerde.

 

Creció en alcázar de sueño, corazón de cal y nieve,

oyendo solo el latido, que en su propio pecho hierve.

 

Pero la vida no juega, la vida es un toro de aceite.

El lirismo es moneda coja, que en el bolsillo se vierte,

un billete sin memoria, que ningún mercado quiere.

 

El niño buscó la altura, queriendo explicar la muerte,

que la vida no es solo el pan, que la boca amarga muerde.

 

Pero un aire de navajas, un viento malo de oriente,

cortó el hilo de la estrella, y lo arrojó a la corriente.

 

No sé si falló la vara, o la voluntad del puente.

Regalé mi sangre roja, por no vender mi simiente.

 

 

Hice versos de rocío, olvidando que la muerte,

es una prosa de plomo, que en las heridas se mete.

 

¡Ay, qué cansancio de siglos!

¡Qué dolor de frente a frente!

Mi sonrisa de cristal se rompió contra la fuente.

Hoy el niño es solo un trapo,

que el polvo negro lame y muerde.