Cuando llegué al mundo
desde tus entrañas,
aunque no entendía
sentí que me amabas.
Quizá no supieras
cantarme una nana,
pero la presencia
a veces nos basta;
que hay palabras huecas
y silencios que hablan,
II
que sólo en la ausencia
los echas en falta.
¡Qué gratos recuerdos!
guardé de esa casa
con muros de adobe,
paredes muy blancas
y un patio pequeño
en la que mi infancia
pasaba escuchando
los silencios que hablan.
III
Tu amor, que callado
al hijo consagra
tan solo una madre;
veló mi crianza.
He sido feliz,
pues bajo tus alas
hallaba cobijo
cuando busqué calma.
Palabras me sobran
si hay silencios que hablan.
IV
Me fui de tu lado
que los años pasan,
y siempre volvía
mostrando las llagas
que la vida te hace,
heridas del alma;
pues ante el cariño
las penas se espantan.
Tu solo me oías,
que hay silencios que hablan.
V
La estima fue mutua,
sin que precisara
manifestaciones,
ni pocas, ni tantas,
puesto que las muchas
a mí me empalagan.
Mas nunca un reproche
hizo se en voz alta,
ni frases vacías,
sí silencios que hablan
VI
Jamás en mi hogar
tú fuiste olvidada;
puesto que a mi amor
después se sumaba
el de mi familia,
y así lo constata
que tu llama viva
ni el tiempo la apaga.
Las palabras sobran
si los hechos hablan.
VII
Y mientras te tuve
si bien a distancia;
logré que el recuerdo
me reconfortara.
Un día partiste
hacia la «Morada»
y aunque no me vieras
sé que me escuchabas.
Palabras las justas
que el silencio hablaba