La luz no se apagó, el martes,
otra vez, efeméride luctuosa,
un año, el primer año, y no,
no se repitió, no quiso alguien
celebrar tan magno evento,
no lo consideró necesario, y sí
quiso que se recordara, tvs, radios,
rememorando la unicidad del suceso,
ese de repente tan extenso que negó
lo más preciado, la luz; sin luz
no somos nada,me dije ese día,
medio día a oscuras —a excepción
de que la luz del sol no se contagió—,
y nunca tan inmenso el deseo de luz
que todos los apagados sentimos.
No se volvió a apagar y lo temía
porque —hablando con Alicia, quien
me permitió recordarlo, cuarenta
y uno ese día, cuarenta y dos el martes—
se me ocurrió que algo quisiera \"festejar
tan insólito acontecimiento\" acallando
todas las luces de este mundo, a modo
de reflexión sobre lo que malhacemos,
perpetramos, con nuestra agresividad
descontrolada, con nuestros malnacidos
arrebatos de egocentrismo o diosismo
—a elegir—; cada año, la misma fecha,
veintiocho de abril, a ver si se nos tuerce
por obra del logos ese impulso suicida,
autolesivo, que no sé de dónde nos nace.
Pues eso, que este año, el martes pasado,
la luz no se apagó. Menos mal.