Antonio Portillo

RUPTURA

RUPTURA 

Algo se ha torcido
en el eje que ya no.

No suena.
O suena a violín con la madera hinchada de silencio,
a cuerda que se rinde sin avisar,
a música con sabor a polvo.

Las órbitas dudan como párpados que han olvidado cerrarse.
Los relojes mastican
—ya ni segundos muertos:
astillas de tiempo—
y las escupen hacia atrás.

La luz llega tarde a los lugares que antes conocía,
pero ahora huele distinto:
a pan que no se come,
a lluvia que no moja,
a la nuca tibia de lo que fue promesa y ya es materia.

Nadie lo ha visto romperse.
Pero todos lo sienten
en el sabor metálico del aire,
en la arena que aparece en las sábanas sin haber ido a la playa.

Es un desplazamiento que se arrastra por dentro
como un fémur que ya no encaja en su cadera,
un crujido sin vértebra
que vuelve las cosas no extrañas:
ajenas, como parientes que han dejado de reconocerte.

Las mareas ya no lamen
—muerden sin hambre—.
Los pájaros corrigen el rumbo en pleno sueño
y despiertan volando hacia ninguna parte.

Un niño pregunta por qué el cielo pesa más hoy.
Y nadie sabe decirle
porque las palabras también se han roto:
\"cielo\" ya no levanta,
\"pesa\" sabe a caída,
\"hoy\" es un agujero.

Lo que se ha partido no es Dios,
—Dios es el hueco que ha dejado al irse—
no es el tiempo,
—el tiempo es el tartamudeo de un reloj que repite tu nombre sin saber quién eres—
no es la materia,
—la materia es esta mesa que tiembla sin que nadie la toque—.

Es algo que no diré porque decirlo
sería ponerle una palabra limpia a una herida sucia.
Y las heridas sucias no se nombran:
se huelen,
se tocan con la lengua,
se dejan abiertas para ver qué insecto llega.

Llega
un zumbido que no es de insecto
sino del aire aprendiendo a ser herida.
Llega
una luz que no ilumina
sino que hace sudar a las esquinas.
Llega
el olor de lo que se pudre sin prisa,
de lo que no termina de irse
porque nunca se va del todo.

Siempre llega algo:
una mosca que limpia sus patas sobre la costra,
otro niño que pregunta por el peso del cielo
—el mismo niño, ya viejo, todavía preguntando—,
el eco de un violín que alguien está olvidando ahora mismo
en alguna habitación donde la música
ya no entra.

Siempre llega algo
y nunca es el final.

Llega la mañana y no es el final.
Llega otra ruina y no es el final.
Llega este verso y no es el final.

La herida sigue abierta,
no porque espere,
sino porque aprendió a latir sin cerrarse.
Porque aprendió que cerrar también es una forma de mentir.

Y dentro:
insectos que van y vienen,
insectos que se marchan sin haber llegado,
insectos que son el mismo insecto repetido
como un reloj que mastica su propia hambre.

Nadie cose.
Nadie nombra lo limpio.
Solo esto:
una herida sucia,
un zumbido que sube y baja,
y la certeza insoportable
de que siempre,
siempre,
está a punto de posarse algo.

 (espera)

 

Antonio Portillo Spinola ©️