EL VISITADOR
Las visitas a casa de las hermanas Font
un día se volvieron cada vez más informales,
más asiduas y también más ordinarias,
y yo era un cadáver que acudía gustoso
aunque sin un plan de acción determinado,
sin voluntad, y me acercaba tal como era,
a la carrera. Y recorría la distancia
que me separaba del prado, y luego, el prado
mismo, y llamaba a su puerta, y tal vez la arañaba
como un loco nocturno desprovisto
de cualquier atractivo, tal vez como un perro,
y al momento siguiente, ya estaba sentado a su vera,
contemplando a las dos como un perro
perdido, confiado y también confundido.
Y las hermanas Font, tan hermosas, tan pulcras
tan interesantes en su discurrir cotidiano, tan cultas
aceptaban abrirme
la puerta con un gesto forzado. Se apiadaban
de mí por un rato.
Gaspar Jover Polo