SU VIDA Y MI VIDA
Sostengo en mi mano la fragilidad del instante, un latido amarillo que tiembla entre mis dedos, como si el mundo entero se hubiese detenido para enseñarme, en silencio, lo que no comprendo.
Ella no sabe mi nombre, ni yo el lenguaje exacto de sus alas, pero en ese breve encuentro hay una historia que nos iguala.
Naciste oruga, pequeña y olvidada, arrastrando tu destino entre hojas y tierra, sin saber que dentro tuyo ya dormía el cielo esperando su momento para abrir la puerta.
Y yo, ¿acaso no fui también eso? Un ser que caminaba sin rumbo claro, cargando preguntas, cayendo despacio, buscando sentido en cada fracaso.
Te encerraste en tu propio silencio, te hiciste capullo de paciencia y tiempo, te rompiste por dentro sin que nadie lo vea, para renacer en algo más que tu cuerpo.
Yo también tuve mis inviernos, mis noches largas sin respuesta, mis cambios invisibles, mis batallas que nadie recuerda.
Y hoy estás acá, ligera, viva, intensa, con colores que gritan lo que superaste sin decir una sola palabra.
Y yo estoy acá, mirándote, entendiendo de golpe que crecer duele, pero quedarse igual, pesa más.
Tu vida es corta, dicen, como si el valor se midiera en tiempo, pero en tu breve vuelo llevás la eternidad de quien aprendió a ser viento.
¿Y la mía? Tal vez más larga, tal vez más incierta, pero igual de frágil, igual de intensa, igual de llena de cambios que no siempre acepto.
Te posás en mí sin miedo, como si confiar fuera parte de tu esencia, y me pregunto cuánto me falta aprender para vivir con esa simpleza.
Porque vos no dudás en volar, ni te aferrás a lo que ya fue, no llorás por tu forma pasada, no te negás a lo que podés ser.
Y yo, cuántas veces me quedé en lo seguro, cuántas veces temí transformarme, cuántas veces fui mi propio muro.
Tu vida y mi vida se cruzan en un segundo, pero ese segundo pesa como un universo, porque me enseñás sin palabras lo que no entendí en años de esfuerzo.
Que todo cambio es un salto al vacío, pero también es una puerta abierta, que no hay alas sin ruptura, ni vuelo sin entrega.
Que no importa cuántas veces caiga, sino cuántas veces me animo a renacer, que dentro mío también hay colores esperando el valor de aparecer.
Te miro, y ya no sos solo una mariposa, sos un espejo pequeño de todo lo que puedo ser.
Y mientras abrís tus alas y te preparás para irte, entiendo que la vida no se sostiene, se siente.
Te soltás de mi mano como quien nunca perteneció, y sin embargo me dejás algo que nadie más me dio.
Porque en tu breve paso me mostraste el sentido, que vivir no es durar, es haberse transformado en el camino.