María de los Ángeles Camacho Rivas

Al soñador de mi boca  

En mí –triturada- pensaba cuando llegaste.

Pero no te vi.  No te escuché.

Mis ojos no sabían de los nuevos verbos en el presente.

Mi voz estaba en el silencio

mas pudiste escuchar

cuando posó su mano en su corazón.

 

Llegaste.

No me percaté.

(Esperaba la ilusión en un viento huracanado,

ventisca que arrancara las raíces adoloridas).

 

No hubo campanadas de amor.

No hubo flores conquistadoras.

No hubo mariposas desesperadas.

La tarde de tu llegada fue igual

a todas las tardes iguales de mis siglos.

 

Llegaste con las manos vacías

sin promesas, sin posturas;

por eso no te vi;

no me percaté de tu bálsamo-aroma.

No vi que las flores nacían de tu mirada.

Es que estaba maltratada, encapsulada

en cuarentena…

 

¡Hombre sabio!:

te arrancaste tus oídos pacientes

para que encontraran mi alma

para que soñaran mi nueva palabra.

 

¡Escúchala!:

ha nacido para declarar

el beso que me has hecho anhelar.