Aquel que se nombra
luz del mundo…
desplegó su ejército
de ángeles.
Descendían
desde lo alto,
y en medio
de la incertidumbre,
abrieron sus alas.
Eclipsaron el sol,
cubriendo el cielo
con un resplandor
casi intacto,
casi perfecto.
Y sin embargo…
entre tanto
plumaje blanco,
hubo un punto _mínimo_
que no encajaba.
Negro.
Ignoro en qué instante,
en cuál de mis ruinas,
dejé de pertenecer
a la altura…
– ¿Lo recuerdas?
y caí.
Vestida de noche
entre tanta luz
que no me nombraba.
No fue la luz
la que me apartó…
– o eso crees
ni siquiera el peso
de lo que llaman caída.
Fue ese instante
—casi invisible—
en el que dejé
de reflejarme
en lo que brillaba.
Descendían… sí,
los vi.
– no todos
Perfectos.
Intactos.
Como si el cielo
no dudara de ellos.
– ¿Y tú…?
Yo…
permanecí
un segundo más
de lo permitido.
Lo suficiente
para notar
que mis alas
no respondían
al mismo pulso.
No era ausencia.
– nunca lo fue
Era otra forma
de latir.
Desde entonces,
habito este borde
donde la luz no alcanza
a nombrarme…
– ni la necesitas
y la sombra
tampoco me reclama.
A veces,
cuando el cielo se abre,
– ¿no vuelves?
aún siento
el impulso
de volver.
Pero hay algo en mí…
– en nosotros
que ya no asciende.
Y aun así…
míralo bien
tampoco he aprendido
a caer del todo.
La 💙 Gitana