Volví a casa con la sensación
de haber dejado algo
mal colocado en el mundo.
No era una frase concreta,
ni una mirada,
ni siquiera un gesto.
Era el conjunto,
ese exceso invisible que solo aparece
cuando ya es demasiado tarde.
Me preparé un café que no quería
y me senté frente a la ventana
como si desde allí pudiera ordenar
lo que había salido de mi boca.
Repetí la conversación en mi cabeza,
editándola, recortándola, mejorándola.
En mi versión, todo encajaba.
En la real, algo había crujido.
No es que mintiera.
Es que conté de más.
Hay verdades que, cuando se dicen,
pierden su lugar.
Se quedan flotando
como un objeto
que nadie sabe ya dónde guardar.
Apoyé la taza aún caliente sobre la mesa
y como otras veces
me dije a mí mismo en silencio...
«He vuelto a hablar demasiado».