rley

RELOJERO

Cuando desperté,
vi a un hombre sentado
en un banco de madera.

Su cabello era blanco,
como copos de nieve,
y en sus manos sostenía un reloj
que miraba con cuidado,
como si aún esperara algo.

Cada día me aguardaba allí,
con una taza de café tibio,
contándome historias
de cuando fue joven,
de caminos recorridos,
de sueños que el tiempo
no pudo borrar.

Decía que yo le había dado ese reloj,
pero yo no recordaba
haber conocido jamás
a aquel misterioso hombre.

Siempre sonreía,
lleno de una alegría serena...
o eso creía yo.

Porque por las noches
me miraba en silencio,
con los ojos llenos de melancolía,
y susurraba un cálido
“te quiero”,
dejando un beso de despedida.

Cuando amanecía,
ya no estaba.

Solo quedaban su reloj
y una carta con su nombre.

En ella decía
que había sido hermoso amarme,
que fui lo más valioso de su vida,
y que aunque ya no estuviera,
deseaba que lo recordara
tan solo un poco.

Entonces lloré
sin entender la razón.

Mi pecho dolía
como si mi alma supiera
lo que mi memoria callaba.

Busqué entre viejos cajones
hasta hallar una fotografía:

éramos él y yo, jóvenes,
yo vestida de blanco,
y detrás, unas palabras:

Felicidades, recién casados.

Entonces recordé.

Era mi amado.

Por un instante,
todo volvió a mí.

Tomé su reloj entre mis manos,
lo besé con ternura,
y entre lágrimas dije:

Adiós, mi amado...
yo también te amo.