EL-ANGEL-DEL-AMOR
~ELOCUENCIA PERSONAL~
El Tesoro de Alejandro
Era una tarde como cualquier otra cuando Alejandro conducía hacia el trabajo. Lo que él ignoraba era que el destino le tenía preparada una lección que marcaría su vida para siempre.
Al cruzar la puerta de la compañía, se vio envuelto en un mar de felicitaciones.
\"¡Felicidades, Alejandro!\",
le decían, mientras él caminaba confundido, buscando en su memoria alguna fecha olvidada.
“No es mi cumpleaños\", se repetía a sí mismo.
—Déjame explicártelo yo, le dijo una amiga, acercándose con una sonrisa sincera, recuerdas la auditoría de la semana pasada? Esa competencia con las otras empresas?
Ganamos, Alejandro, y ganamos gracias a tu labor impecable.
Su amiga le dio una instrucción precisa:
Ve a la oficina de la supervisora, hay una copa de oro con tu nombre grabado, ve a verla antes de que ella llegue, te lo mereces.
Con el corazón acelerado, Alejandro entró en la oficina vacía, allí estaba brillante, imponente, con su nombre y apellido grabados en la base.
No necesitó tocarla, sus ojos iluminados por la emoción, ya habían acariciado el metal.
Decidió salir rápido, deseando que fuera su jefa quien, con orgullo, se la entregara frente a todos.
Horas más tarde, la supervisora salió de su despacho alzando el trofeo.
—¡Miren lo que nos hemos ganado! gritó con júbilo.
Alejandro esperó el llamado, el reconocimiento, el gesto de justicia, pero nunca llegó.
La supervisora, sin mencionar el nombre escrito en la base, dio media vuelta y regresó a su oficina con la copa en sus manos.
El golpe de la ingratitud le nubló la vista, Alejandro salió del edificio y se sentó afuera, con el alma herida y los ojos húmedos, fue en ese silencio de injusticia cuando una voz, profunda y clara, resonó en su interior:
\"NO TE SIENTAS ASÍ ESO NO ES NADA PARA LO QUE TE TENGO PARA TI AQUÍ EN EL CIELO”
En ese instante, la tristeza se evaporó, una paz sobrenatural lo inundó, recordándole que su valor no dependía de un trofeo guardado bajo llave.
Era la segunda vez en su vida que escuchaba esa voz de aliento, y fue suficiente.
Al final del turno, sus compañeros le preguntaron con curiosidad:
Y bien?
Ya tienes tu copa?
—No respondió Alejandro con una sonrisa radiante, porque en el cielo tengo muchas más.
Mientras tanto, a lo lejos, vio a su supervisora caminar hacia su auto, llevando bajo el brazo un pedazo de metal que ya no tenía ningún poder sobre él.