asegura1617

Bautizados con anomia

A veces, aunque no me corresponde, pues no soy protagonista, el dolor de esa extraña incomunicación se me sube a la altura de todo lo terrible. O lo que es lo mismo: a la estatura del silencio.
 
Por aquí, en esta ciudad que es parte de un ecosistema grueso y discursiva, política, económica y humanamente desarrollado, las parejas aparentan ir de la mano, con ese tacto raro de la intermitencia, y con caracoles inalámbricos en los oídos. Y manteniendo esa electrónica se fuerzan y se esfuerzan, con gestos del manual del amor, en pronunciar hacia afuera que tienen un vínculo. 
 
Qué distancia, A. Qué frío en esta ciudad de la sal. 
 
Veo cómo se mueven sus labios y se miran a los ojos. Pero nunca he visto menos ojos y menos labios entregándose al contacto, a la comunicación, a esa ternura que marca la distancia entre los amantes y todo lo demás que respira y no, pero que también se desvanece.
 
Cómo es posible, A. Cómo es posible que dos cuerpos que deberían ser una hoguera que excede a toda palabra conjugue tanto mineral. 
He visto glaciales brotar de sus poros.
 
No lo concibo. No lo entiendo.
 
Todos sus sentidos están lejos. No están en el momento. No están «para» el momento. No están para sí. 
 
No se les nota esa prisa que tiene toda sangre por mezclarse con aquella que verdaderamente la hace fluir y la mantiene caliente. Sus nervios no tiemblan, como tampoco sus articulaciones, por romper la barrera cuántica que impide el contacto real. Porque sí, en una dimensión cuántica, en la exactitud de la Ciencia del Mundo, no nos podemos tocar verdaderamente. Eso me tiene desesperado desde hace días. Y la intranquildiad aumentó cuando pensé en estos cuerpos que se muestran como amantes y que no enloquecen en el intento de intentar llevar a cabo una mitosis a la inversa. Dejar libre un espacio en el mundo para otro cuerpo, ocupando uno solo. ¡Qué generosidad!
 
No, A. Aquí no he visto esa ceguera clara que provoca el amor. Solo he visto impedimentos. Accesorios que producen un silencio que cubre dos cuerpos, bautizándolos con la anomia. Y no es posible el reconocimiento de ojo a ojo, de mano a mano, de entraña a entraña. No hay médula. No hay calcio. 
 
No sé, A. No sé siquiera cómo seguir. Esta ilogicidad es más grande que todo mi diccionario. No sirve de nada el viaje hasta mis manos. No sirve de nada invocar palabras, para que luego terminen manchadas y arrugadas...
 
No sé, A. Esta ciudad es demasiado inorgánica en todo. 
Demasiadas distancias para ir a pie y, por ejemplo, pensar y hablar a solas con alcantarillas, farolas, semáforos y las líneas de las calles. Demasiadas distancias como para intercambiar ideas con otras neuronas, pues todo el mundo tiene prisa, todo el mundo vive en sus relojes. Demasiadas distancias incluso para el amor...
 
No sé, A...
 
Una ciudad sin amor debería llamarse directamente cementerio. 
 
Qué duro es escribir, escribirte, después de haber caminado todo el día entre difuntos, como un espectro de mi pronombre...