La arboleda se anuncia silenciosa
tras la sombra del regio campanario
y corona la cumbre religiosa
el efluvio fatal del escenario.
En sus lomas doradas cae el llanto
retorcido del cielo mutilado
y un suspiro de niebla apasionado
se desprende del labio con su encanto.
Me descubro desnudo y sin engaño
en tus verdes jardines exaltados
con el brío sensato de los sabios.
Y deseo en el alma y en la carne
desangrarme en tus tierras inmortales
para ser en tu estela primavera.