JUSTO ALDÚ

EL IMPERIO INGLÉS: PIRATERÍA, SAQUEO Y DOMINIO ULTRAMARINO

Poema en honor a Panamá la Vieja (Panama-Viejo)

Escrito y declamado por Justo Aldú

Música de fondo: Patria de Rubén Blades.

INTRODUCCIÓN

Se me ha señalado —no pocas veces— de inclinar la balanza, de cargar la tinta contra el Imperio español hasta rozar lo que algunos llaman “demonización”. No rehúyo esa crítica, pero tampoco la acepto sin matices. La historia no es un tribunal de absoluciones fáciles: España fue hija de su tiempo, como lo fueron todas las potencias que se disputaron el Nuevo Mundo. Sin embargo, reconocer ese contexto no implica cerrar los ojos ante una verdad paralela y menos difundida: mientras la espada y la cruz marcaban el paso de un imperio, otros —como el inglés— desplegaban con igual fervor su propia maquinaria de ambición, codicia y violencia. Fue una era donde el oro dictaba la moral, donde la piratería se vestía de legalidad, y donde el mar, lejos de ser frontera, fue escenario de saqueo, esclavitud y matanza. Conviene, entonces, mirar el cuadro completo antes de dictar sentencia.

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Así fue, y conviene decirlo sin rodeos ni épica edulcorada: Inglaterra institucionalizó la piratería cuando le fue útil. No fueron simples forajidos del mar, sino corsarios con patente real, una diferencia legal muy cómoda: robar para la Corona dejaba de ser crimen y pasaba a ser “servicio al Imperio”.

 

Francis Drake es el ejemplo más claro: saqueó puertos españoles, capturó galeones cargados de oro y plata americana, y lejos de ser castigado, fue armado caballero por Isabel I. Lo mismo ocurrió con John Hawkins y otros tantos. El botín se repartía: una parte para el pirata “honorable”, otra para el Estado. Negocio redondo, moral flexible.

 

Inglaterra dio títulos nobiliarios a piratas para que robaran en nombre del Imperio. No fue un exceso aislado, sino una política sistemática: convertir el saqueo en herramienta geopolítica. El mar fue su gran escenario, y el Caribe, su tablero de caza.

 

Esto no hace a Inglaterra única ni excepcional: todas las potencias imperiales hicieron lo mismo, cada una a su manera. España con la espada y la cruz; Inglaterra con el mar, el corso y la diplomacia; Francia y Holanda no se quedaron atrás. Y Portugal mucho menos, recordemos el Tratado de Tordecillas donde claramente se adjudicaron parte del territorio Brasileño. La diferencia es que a algunos la historia los llamó “conquistadores” y a otros “héroes navales”.

 

PANAMÁ Y PORTOBELO: CIUDADES SAQUEADAS DEL IMPERIO

¿Dónde quedan?

 

Panamá y Portobelo se encuentran en el istmo de Panamá, un punto geográfico clave entre el Caribe y el Pacífico. Durante los siglos XVI y XVII fueron piezas centrales del sistema imperial español: por allí transitaba el oro y la plata del Perú rumbo a Europa. Panamá era el punto de llegada desde el sur; Portobelo, en la costa caribeña, el gran puerto de salida. Quien controlara esas ciudades controlaba la riqueza del continente.

 

¿Cuántas veces fueron atacadas?

 

Ambas ciudades fueron atacadas en múltiples ocasiones por corsarios ingleses, franceses y holandeses. No eran incursiones improvisadas: eran operaciones calculadas para debilitar al imperio rival y apropiarse de sus recursos.

 

Ataques a Portobelo

 

1596 – Francis Drake

Intentó tomar Portobelo, pero fracasó y murió poco después en la región. Aun así, dejó claro que el Caribe español era vulnerable.

 

1668 – Henry Morgan

El ataque más célebre. Morgan, corsario galés al servicio de Inglaterra, tomó Portobelo con extrema violencia. Hubo torturas, saqueos y rescates forzados.

¿Su objetivo? Oro, plata y un mensaje político: Inglaterra podía golpear el corazón del comercio español.

 

Ataques a Panamá

 

1671 – Henry Morgan

Morgan cruzó el istmo desde el Caribe y atacó Panamá la Vieja. Tras una batalla desigual, la ciudad fue saqueada.

 

¿Quién ordenó incendiar Panamá y por qué?

El incendio fue provocado por los propios defensores españoles, siguiendo órdenes del gobernador Juan Pérez de Guzmán, para impedir que la ciudad y sus riquezas cayeran intactas en manos de los corsarios. El fuego se descontroló y destruyó casi toda la ciudad. Panamá quedó en ruinas y luego fue trasladada a su ubicación actual.

 

¿Qué buscaban realmente?

 

No solo oro y plata. Buscaban:

— Romper el monopolio español

— Financiar a Inglaterra sin guerra formal

— Controlar rutas comerciales estratégicas

— Sembrar terror y desmoralización

 

El mito del altar de oro

 

Durante siglos circuló la leyenda de un altar de oro macizo escondido en Panamá o Portobelo. La historiografía moderna coincide en que no existió tal altar. El mito nació de la exageración europea sobre la riqueza americana y sirvió para justificar saqueos, violencia y expediciones sucesivas. Sí hubo oro, pero no el tesoro mítico que alimentó la codicia imperial.

 

DEL SAQUEO AL ASENTAMIENTO: INGLATERRA MIRA HACIA EL NORTE

 

Mientras el Caribe era el escenario del golpe rápido y el botín inmediato, Inglaterra comprendió que el verdadero poder no estaba solo en robar, sino en ocupar, permanecer y reproducirse. Así, el Imperio dirigió su mirada hacia Norteamérica, donde el modelo de dominación sería distinto, pero no menos implacable.

 

A diferencia de Mesoamérica o los Andes, Inglaterra no encontró grandes imperios centralizados ni ciudades rebosantes de oro. Encontró territorios extensos, pueblos indígenas dispersos y una riqueza menos visible, pero más duradera: la tierra misma.

 

Los primeros asentamientos

 

Jamestown (1607), en la actual Virginia, fue el primer asentamiento permanente inglés.

Plymouth (1620) fue fundado por puritanos que huían de persecuciones religiosas.

 

No llegaron como ejércitos de conquista formal, sino como colonos: agricultores, comerciantes, disidentes. No vinieron a extraer rápido, sino a quedarse.

 

Expansión lenta, violencia constante

 

El método inglés no fue la conquista fulminante, sino la presión continua:

— tratados forzados

— compras fraudulentas de tierras

— desplazamientos sistemáticos

— guerras locales interminables

 

No hubo una masacre fundacional única, sino una cadena de expulsiones que, con el tiempo, borró a los pueblos originarios del mapa.

 

Guerras contra los pueblos indígenas

 

Las colonias inglesas entraron en conflicto permanente con los pueblos nativos:

— powhatan

— pequot

— wampanoag

 

La Guerra del Rey Felipe (1675–1678) fue una de las más sangrientas y casi destruyó la presencia indígena en Nueva Inglaterra. Aquí no hubo evangelización masiva ni mestizaje estructural. La solución fue más directa: desplazar o exterminar.

 

La guerra contra Francia

 

El dominio inglés no se consolidó hasta derrotar a otro imperio europeo. La Guerra Franco-India (1754–1763), parte de la Guerra de los Siete Años, enfrentó a Inglaterra y Francia por el control del continente.

 

La victoria inglesa significó:

— la expulsión de Francia de Canadá

— el control casi total de Norteamérica oriental

— la creación de un poder colonial sin rival inmediato

 

Paradójicamente, esa victoria sembró las condiciones para la independencia de las colonias inglesas.

 

Dos modelos, un mismo resultado

 

España conquistó e integró; Inglaterra colonizó y sustituyó.

Una impuso lengua y religión; la otra frontera y exclusión.

Diferentes métodos, misma lógica imperial.

 

IMPERIO Y ESCLAVITUD

 

El Imperio inglés fue también uno de los principales actores del comercio transatlántico de esclavos. Millones de africanos fueron arrancados de sus tierras y vendidos como mercancía para sostener economías coloniales en América y el Caribe. El progreso industrial británico tuvo una base humana brutal, rara vez mencionada en los relatos triunfalistas.

 

IMPERIOS AYER Y HOY

 

Inglaterra conquistó territorios en América del Norte, el Caribe, África, Asia y Oceanía. Aún conserva dominios de ultramar. Guyana fue colonia británica hasta el siglo XX; las Islas Malvinas (Falkland Islands) siguen siendo territorio británico, y su disputa con Argentina desembocó en la guerra de 1982.

 

Los imperios cambian de forma, no de lógica. Ayer fue el oro; hoy son el petróleo, los minerales estratégicos y las rutas comerciales. Cambian los discursos, no las ambiciones.

 

ANÁLISIS FINAL (PERSPECTIVA AMPLIADA)

 

Mirados en conjunto, los hechos dejan una certeza incómoda: los imperios no improvisan, ensayan. La piratería inglesa en el Caribe, los incendios estratégicos en Panamá, la ocupación silenciosa de Norteamérica y el comercio de esclavos no fueron episodios aislados, sino capítulos de una misma lógica de expansión. El Imperio inglés aprendió a moverse entre la ilegalidad y la ley, entre el saqueo abierto y la colonización permanente, ajustando sus métodos según el territorio y la resistencia que encontraba.

 

Mientras en Mesoamérica y el Caribe el oro marcó el ritmo de la violencia inmediata, en Norteamérica la tierra fue el botín lento. Allí no hubo grandes ciudades que conquistar ni emperadores que capturar, pero sí pueblos que estorbaban. La solución no fue la integración ni el mestizaje, sino el desplazamiento sistemático. No una masacre fundacional que lo explicara todo, sino una sucesión de guerras menores, tratados rotos y fronteras que avanzaban como una marea fría. Distinto método, misma consecuencia: la desaparición del otro.

 

Panamá y Portobelo revelan el rostro más crudo del imperio marítimo: golpear donde duele, interrumpir la circulación de la riqueza, convertir ciudades enteras en advertencias. El incendio de Panamá no fue un accidente trágico, sino una decisión desesperada dentro de una guerra global por recursos. Y el mito del altar de oro muestra cómo la codicia europea necesitó inventar tesoros infinitos para justificar violencias reales.

 

A esto se suma la esclavitud, columna vertebral del sistema atlántico. Sin cuerpos esclavizados no hubo plantaciones, ni puertos prósperos, ni revolución industrial. El Imperio inglés, que luego se narró a sí mismo como cuna de libertades modernas, se levantó sobre una economía que negó la humanidad de millones. Ese silencio también es parte del legado.

 

Comparar imperios no busca absolver a ninguno. España, Inglaterra, Francia y Holanda operaron con lenguajes distintos, pero compartieron una misma gramática: apropiarse, dominar, extraer. Algunos impusieron la cruz, otros el comercio; algunos dejaron mestizaje, otros, exclusión; todos dejaron cicatrices.

 

Entender esto no es un ejercicio de culpa tardía, sino de lucidez histórica. América no fue “descubierta”: fue disputada, explotada y reinventada desde afuera. Y muchas de las tensiones actuales —territoriales, económicas, culturales— son ecos de aquellas decisiones imperiales.

Y cuidado eh, los imperios se parecen en su ambición, pero se diferencian en sus métodos y consecuencias.

Algunos conquistaron y mezclaron.

Otros conquistaron y borraron.

 

Y esa diferencia explica por qué España, América Latina y el mundo anglosajón son lo que son hoy.

 

La historia no exige perdón ni revancha. Exige memoria. Porque cuando los imperios no se recuerdan, se repiten. Y siempre, de una u otra forma, vuelven a llamar progreso a lo que antes llamaron conquista.

Solo fíjense, EEUU le exige petróleo a Venezuela para compensar sus gastos, so pretexto de que también serán beneficiados, pero deja intacta una élite opresora que aún tiene presos políticos en sus cárceles. ¿Y de quién es el petróleo?

JUSTO ALDÚ © Derechos reservados 2026

 

*¿De dónde ustedes creen que viene la expresión \"PATENTE DE CORSO\" que tanto empleamos en nuestro léxico?

La expresión \"patente de corso\" proviene de los documentos oficiales (cartas de marca o contramarca) emitidos por monarcas durante la Edad Media y Moderna. Esta licencia autorizaba a barcos privados a atacar y saquear naves de naciones enemigas, legitimando el corso y evitando que los corsarios fueran considerados simples piratas.