Se rinde el sol tras la montaña fría,
vistiendo de oro y ámbar la ventana,
mientras la luz, que de su brillo emana,
se apaga en una lenta agonía.
Conté los pasos de la tarde unida
al tic-tac de un reloj que no perdona;
la soledad el cuarto ya abandona
para ser sombra en mi alma suspendida.
No llegó tu pisada en el camino,
ni el eco de tu voz rasgó el silencio,
dejando el pecho al borde del destino.
La espera es un amargo beneficio:
mirar cómo se pierde lo divino
en el oscuro y mudo precipicio.
© 2026 Oney ✒️