Alguien me acaba
de sugerir que incoe
una historia —¿incoe?—
¿A qué te refieres?
le espeté —¿Me espetas?
Me cuesta escribirlas,
requiere un esfuerzo
que no me pagan, o sí,
según desde dónde mire.
Alguien, cerca, me anima
a que concrete, a que dé datos,
a que no me ande por las ramas,
a que diga algo por una vez
sin que ese acontecimiento
suponga el inicio de algo, de nada.
Érase dos veces —al menos, ya que
lo que voy a contar no ha ocurrido
una sola vez— un par de hermanas,
próximas en edad, en juegos, en catre
donde dormir, en baño donde hacer
lo que se hacen en los baños...
Vivían aproximadamente felices
en una habitación más, de una casa
más, de una familia más, de un lugar
alto sobre el nivel del mar con un mar
cercano, a unos veintitantos kilómetros.
—No digo nombres por aquello del efecto
poético—. El colegio de cada día, aburrido,
la calle donde vivían, pequeña, el mundo
que ignoraban, largo, inmenso, y el francés,
su idioma favorito —decían riéndose ambas
que esa erre gutural les excitaba, a ambas—.
Su cultura, rica, profundísima; su tedio,
inacotable; su curiosidad, insaciable,
y todo, caldo de cultivo de que visitaran,
después del infinito durar de las clases,
ciertos libros de viajes, ignotas como eran,
de lugares tan distintos, tan distantes,
que se les ofrecían imposibles, impensables.
Dos hermanas, un único sentir, vivir.
Un alma, dos cuerpos, dos proyectos.