“La llama del sexo que anida en todo ser humano puede elevarse hacia lo alto, sobre la sordidez de lo físico, o transformarse en un instrumento abrasivo y destructor.”
Julius Evola (1898-1974)
El cuerpo proclama su verdad:
“En una noche de ansiedad carnal,
con la sangre en las venas ya encendida,
salí de mi morada adormecida,
cargado con el lastre material.
Por la secreta escala, en el umbral,
en mi pecho, el ansia fue vertida
sin otra luz que aquella estremecida
por un latir salvaje y animal.
¡Oh, noche que al deseo diste guía!
repleta de impudicia y desenfreno,
cuando el rastro del yo se deshacía.
Me embriagué con el cálido veneno
del sexo, mientras todo se perdía,
olvidando lo malo y lo bueno.”
Y el espíritu, tranquilo, le replica:
“¿Qué buscas, oropel de carne y hueso,
en ese incendio que tu sangre agita?
Aunque mi luz en tu interior habita,
me encadenas al suelo con tu peso.
Tú celebras el sexo y el exceso,
esa noche que las ansias precipita,
mas no ves que el amor no se limita
al breve espasmo del sensual suceso.
Ese veneno que ahora te fascina
y el desenfreno que en tu piel provoca,
son el reflejo de tu propia herida.
Aunque el orgasmo en tu interior explota
yo soy la plenitud a la que aspiras,
y el verdadero éxtasis que añoras.”