Con la quietud de un síncope furtivo,
desangró su mirada en el alcohol,
retornando al pasado fugitivo
y a las heridas rojas bajo el sol.
Hiere, con el puñal de lo pasado,
su espalda recia, y hace, en el metal,
bailar la sangre del enamorado
con ardor en un ósculo mortal...
Clava en su estómago la apoteosis
de fatales panteras, y el dolor
alucina en su ignífuga sicosis,
danzando en el candil encantador...
Abre en su piel un lecho de corderas:
inmola somnolencias en su altar,
y alza ropas de fúnebres panteras
en una estela ardiente y secular...