Lúa Betancourt

Catábasis y Anábasis

Tengo que caminar varios años hacia atrás 
        ascender  
        de espaldas 
        una escalera
con ventanas laterales,       
como un tranvía que retrocede el camino  
hasta los adioses, las huidas solitarias y los llantos primigenios. 

Sin la nostalgia del Edén perdido, recién llegado del viaje, 
movía planetas con los dedos antes de dormir, y al despertar 
trizaba galaxias enteras con un suspiro. 

Luego dominé todos los elementos,  
pendiendo de un árbol, reposando en la tierra, en fuegos otoñales 
o al pie de un lago cristalino que evocaba un recuerdo extraño  
en su espejo. 

Nada era imposible,  
ni siquiera reír, 
ni llorar cuando mi padre decía que volvería a las Siete 
y el cielo ya marcaba las ocho; 
o cuando mi madre escapaba antes del alba  
y me obligaba a desafiar  
atroces monstruos. 
 
Poco a poco me separé del cielo. 
Ya me desprecia 
cerrando sus cortinas grises. 

Pero tengo la certeza del retorno, 
de mirar una puesta cenicienta y fría  
en el anillo europeo  
que circunda la cintura del “Padre de los dioses”, 
de mirar la espalda fatigada de Mitrasol; 
la certeza de la Ítaca celeste y del culmen de Babel, 
para recordar los gestos  
purísimos del llanto y la alegría.