José Luis Barrientos León

En el intimo suspiro, dos amantes.

Nota de presentación.
A veces, la vida se toma la molestia de dejarse de rodeos y nos pone enfrente, sin aviso, eso que llamamos el destino, aunque tenga forma de un café compartido o una mirada tímida en una esquina cualquiera.
Este poema no nace de los grandes dramas, esos que por muchos años solía mirar con cierta desconfianza. Nace, más bien, de la existencia transformada en vivencia y reguardada luego en la  memoria, de ese primer día donde el amor dejó de ser una posibilidad lejana y se volvió una certeza respirable, un \"vos\" y un \"yo\" que, sin permiso, empezaron a planear un \"nosotros\".
Es la crónica de cuando lo casual —un encuentro fortuito— se transformó en la rutina más bella: la de construir, codo a codo, una vida compartida. Es, en definitiva, la historia de cómo la tibieza de ese primer encuentro se quedó a vivir en casa, convirtiendo lo trivial en el paisaje más sagrado de nuestra cotidianidad. Les invito a recordar su propio \"primer día\" con estos versos.

 

 

Se miraron sin prisa,
como quien llega tarde a su propio destino
y aun así decide quedarse.


Ella traía en los ojos,
una tarde de campo,
una lluvia leve que no sabía de finales.


Él, en cambio, venía desarmado,
con las manos aprendiendo todavía
el idioma de tocar sin herir.


Y entonces, sin anuncio,
como tiernas criaturas de la inocencia,
se encontraron en la humedad de lo vivo,
se envolvieron despacio,
con esa torpeza dulce
que tienen los milagros cuando empiezan.


Él dejó de ser hombre,no por olvido,
sino por descubrimiento,
y ella dejó de ser niña
porque el tiempo, a veces,
se rinde ante la ternura.


Fueron uno.
No un uno perfecto,
ni un uno eterno,
sino ese uno necesario,
que basta para entender el mundo,
aunque sea por un instante.


Desde todos los puntos que se besaban
se saborearon , sí, 
como quien aprende la palabra “hogar”
en la piel del otro.


Y les alcanzó la vida
para decidir que lo que quedaba
no era poco
si cabía entero en una caricia.


En el intimo suspiro, de esa caricia,
la historia dudó,
vaciló entre átomos y galaxias,
entre lo que pudo ser
y lo que, sin permiso, fue.


Pero ese día,
porque hay días que corrigen el universo.
todo encontró certeza,
el roce, la pausa, la entrega,
la manera en que dos silencios
pueden decirse todo.


Y así, sin estruendo,
sin testigos innecesarios,
se hicieron leyenda.
No de esas que se cuentan en voz alta,
sino de las que se quedan
como una respiración compartida
en la memoria del mundo