No fue el trueno
ni la furia del cielo
lo que más dolía…
fue el viento.
Ese que no se ve,
pero sabe tocar justo donde guardás lo que nunca decís.
Llegó sin nombre,
desordenando silencios,
abriendo puertas que jurabas cerradas,
rozando heridas
con una ternura que parecía violencia.
La tormenta gritaba arriba,
pero el viento…
el viento hablaba adentro.
Decía cosas que no querías oír,
nombraba ausencias,
desataba recuerdos
como si fueran pájaros cansados de estar presos.
Y en medio de todo,
te quedaste ahí…
temblando, sí,
pero sin huir.
Porque entendiste algo:
que no todo lo que sacude
viene a destruirte.
A veces,
lo que parece romperte
solo está intentando
mostrarte
lo que todavía resiste en vos.
Y cuando el cielo se cansó de llorar,
y el mundo volvió a respirar despacio,
el viento se fue…
pero dejó en tu pecho
una verdad suave y firme:
que incluso en la tormenta,
hay partes tuyas
que aprenden
a quedarse.
Dani
26/04/2026