El cerebro es como un volcán:
cuanto más se comprime hacia dentro,
más profundidad despierta
y más impulso asciende hacia la claridad.
Entonces, un magma más limpio recorre las venas,
vigor que abre grietas en la mente
y ensancha la luz que guía el caminar.
Así, menos erupciones en el volcán, más calma que ordena el interior:
y más lava pura para el volcán... cuando deba fluir
por causa justa o gravedad.