Florecer Bajo la Lluvia
Donde la luz no llega, comienza el trabajo.
No es derrota, ni lamento baldío:
es un murmullo oscuro que insiste en la tierra
y bebe directo de lo que arde.
El aguacero no cae por castigo,
ni responde a plegarias del cielo:
desciende y le impone a la tierra su fractura,
la obliga a torcer su silencio.
En cada gota hay un germen latente,
en cada tormenta, raíz que se afirma.
Nada se siembra sin antes ser herida:
el barro también tiene su firma.
Crecer es un acto violento y lento,
raíz que fractura su propia frontera.
No hay flor que no pague ese descenso
de oscurecer antes de que amanezca.
No nacen las flores más fuertes en calma:
germinan a ciegas, respiran a tientas,
se abren paso —torpes, tercas—
como si la vida fuera un error que insiste.
En el fondo del barro —en el fondo del alma—
la raíz ya trabaja.